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lunes, 1 de junio de 2020

Si fuese un río.../ Edgar Vidaurre responde dialogando con "El río hondo, aquí" de Elizabeth Schön

Octavo Boulevard pregunta: Si fueses un río del mundo...¿cuál serías? y ¿por qué?
           Edgar Vidaurre responde:



Si yo fuera río.

El Río es todo y todos somos un río. Yo tengo un río dentro de mi, y a la vez muchos ríos confluyen en mi adentro. Todo es el río y el río lo contiene todo. Esta epifanía, esta verdad, está contenida en el libro "El Río hondo, aquí" de Elizabeth Schön...He aquí entonces la crónica anímica de dicha epifanía.




Del río hondo aquí



“El gran Tao es río que se divide para volver luego a juntarse
Se divide de izquierda a derecha
Los diez mil seres viven de Él y Él a nadie se niega
Obra y no pregona su obra
Viste y nutre los diez mil seres y no se enseñorea de ellos
Su perpetua falta de ambición lo hace parecer pequeño
Pero al no enseñorearse de ellos, los diez mil seres vuelven a Él y se hace grande”.
 Capítulo 34 del Tao Te Ching


           
Yo estoy aquí, en el borde. Cierro los ojos y las puertas para empezar a ver la hondura del río, su profundidad oscuramente luminosa y secreta. Mas, ¿cómo conocer su rostro en este aquí, cómo saber si ese presentido rostro es el de ella –su esencia-, cuándo aún no alcanzo a tocar su centro oscuro, primigenio, de necesidad y empuje?, ¿cómo penetrar en su cuerpo doble de aguas fluidas que son y no son, que expresan toda la posibilidad universal y al mismo tiempo el flujo y reflujo de las formas?. Quién es este río que en su hondura contiene de manera co-idéntica la fuerza abstracta y la fuerza conformante, la materia pura y la materia visible, la energía y la forma, lo intemporal y aquello que viaja con el tiempo, y a ella que con su aliento vital penetra al mundo con su infinita alternancia?. Y dónde está, dónde comienza y termina este río?. Aguas que corren hacia todos los horizontes posibles e imposibles abajo, e igualmente río arriba con sus aguas purificadoras que caen, aguas cambiantes, claras, turbias, sin perfiles, anchas, iridiscentes, arremansadas hacia lo permanente. Pero es aquí, ahora, sobre ese mismo río, donde las pupilas entran para cerrarse… y descubrir.

Y descubrimos a Ulises, lanzando sus anclas hacia lo más hondo de las aguas y a sus proas iluminadas por el tejido cósmico de Andrómeda, la tejedora de arriba, la que gira mostrándole el camino, haciéndole la piel combatiente. Símbolo de un hombre que con su fuerza de hombre trata de remontar la fuerza más allá del río –la fuerza del río está en su hondura-, perdiendo el cuenco para ser arrastrado por las aguas. Luego, la pérdida de las aguas será sustituida por el amor y la del amor por la mirada. Comprender con el alma mirando al río que es un árbol y una vez perdido todo, iniciar la Gran Búsqueda: la renuncia de las flores, por el corazón del primer fruto. Fruto que por contener la semilla, porta también en su centro la abundancia desbordada de los orígenes.

Decido entonces desde aquí, zambullirme en el río, olvidar la otra orilla, la ribera opuesta. Para hacerlo, mojo primero las manos en sus aguas y escojo el lugar arremansado donde nacen las espumas, posando el pie en el primer peldaño de las aguas, de la corriente, hacia el principio, hacia el Ser, o ese árbol que de tantos frutos se va inclinando hasta rozar las aguas.


Peldaño este, bullicioso, más suave y limpio… amor de las aguas dejando a la raíz llegar al fruto hasta alcanzar los cielos, doblemente cielos grandes, pequeños… fruto este que al descender, arrastra el rastro del origen. Y yo,  el zambullidor, abro entonces los ojos a la hondura dejándome arrastrar por el blanco levantamiento de la corriente… y hay tanta inmensidad para decir que algo se alcanzó. Una cáscara se abre donde la corriente va y la raíz empieza. Empiezo el ascenso, abriendo también esta otra puerta dispuesta a abrirse sin más prisa que la que se pone al amar y seguir, para escalar el río. Pisar con el alma encendida cada peldaño de él, que siempre es igual a lo que nunca concluye… y el peldaño, salto de agua, espacio, irrupción, pie y empuje en amor de hombre y ala, entendiendo que si se quiere tocar la hondura primaria del principio, es imprescindible el vínculo entre los empujes acuáticos, yendo, retornando y la piel blancamente dócil de toda pulpa, límite o corazón de alma.

Y esto es lo que los ojos miraron: Primero la hondura, un eterno umbral sin nombre, lo invisible, lo inmutable, una oscura-luminosa-soledad en calma perpetua, el abismo, el vacío, la oquedad, la nada. Pero, ¿qué es lo que hace irrumpir este fluir de la vida y de la muerte? Qué desdoblamiento es este que penetra la existencia con su doble hilo oro-azul, este anverso y su reverso, este ascenso y descenso. El amor supremo es como el agua, como el río y en su centro ella con su vientre lleno de realidades. Y he aquí que el río pierde su alta trascendencia y se hace inmanente al mundo, al hombre, carne de su carne y hueso de sus huesos. El río es también entonces la madre, la madre del mundo, la hembra misteriosa. Este río que se entrega, se abre, se divide de izquierda a derecha en infinitos arroyos que volverán de nuevo y siempre al cause materno.

El río es la vida de los seres como “El verbo que es vida y luz para todo hombre que ha venido al mundo”. Mas no el verbo de San Juan que es revelado por un Dios trascendente, inasible, innombrable, inalcanzable. No ha sido el hombre quien desprendido de su cuerpo, de su aquí, de su ahora, inicie el vuelo para que su alma y sólo su alma se una con lo trascendente del ser, más allá de su entendimiento, de lo explicable. Es el río quien ha renunciado a la absoluta quietud de su inalcanzable trascendencia, para venir al mundo y aflorar en él, fluir con la vida, la existencia a través de la duración de esa vida, madurar y hacerse fruto para permanecer entre nosotros. El río es vida aquí, ahora. Vida cuya única revelación es aquello visible a la superficie, la fugacidad del relámpago, el tiempo de un fruto, la paciencia húmeda del secreto, la oscilación de un ir hacia el ocre rojo del retorno, la carga del fuego, la vendimia de rostros escarpados junto a miradas enterradas entre redes, radas y escalones desolados, la mudez de lo lejano, cercano, el esplendor de los pinos siempre en pos de un luego arriba y seguir, la sombra del peso, la carga de la paz, lo intemporal con su piel de agua, el viento, la lluvia y la espuma que riega plena de lo huidizo, entre el martillo del relámpago y el fruto que se va estableciendo.

La hondura del río aquí, en la espuma de su orilla. Fue entonces cuando vi también con mi cuerpo, a lo fértil de lo pasajero hacerse campo de raíces permanentes y al torrente del río que nunca se separa, dejar a la raíz regresar a través del fruto para alcanzar mis labios. Y si me tocara describir la permanencia, diría como la poeta: “Línea de lenta paciencia… rostro, huella, pálpitos cargándose sobre los hombros neblinosos del río… corriente que asoma en los espejos de las aguas, un rostro que llega y un aroma que si se desprende sigue inundándonos… suceso inalterable si las capas encendidas del corazón, permanecen en los centros abismales de la soledad”.

Pero, ¿cómo tocar desde aquí, desde esta plena y fluida fugacidad, el corazón de lo permanente?. El niño pregunta, la mujer contesta. El peldaño entonces se colma. He aquí a lo inefable. Lo inefable de azul-oro del relámpago, tendido, insisto, inviolable. La hoja solitaria, las espumas y entre ambas la corriente que no deja perecer a la raíz: vinculación inefable del río con la muerte… lo inefable vivo en la claridad de lo oscuro… junto al río con semblante de jamás separarse. Lazo inaprensible que no tiene forma ni nunca hace sombra. Vuelvo entonces a cerrar los ojos, y es mi alma la que se abre e inclina hacia el principio, conociendo así lo inexpresable: “esencia y existencia de la realidad absoluta”Es mi propia ella quien mira que en el espejo de las aguas arremansadas a la ella del río, estableciéndose entre ambas una unidad de vida. Así, me despojo de la realidad toda –lo oscuro y lo visible- pero no para que la realidad sea eliminada sino más bien iluminada, transfigurada por el corazón de ese fruto que trae consigo todo lo indecible, lejos de la razón, de la mirada. Mas en este aquí, en este ahora, en este cuerpo, en esta mano del hombre que sostiene y se lleva a la boca deseosa el árbol todo con el fruto, también hallamos lo inefable. Es la realidad en su conjunto, presente aquí, en todo su esplendor ante nosotros, sin necesidad de expresarse ni de explicarse, absoluta pero fluida, mostrándose a sí misma y mostrándonos que lo permanente y lo fugaz son un mismo y maravilloso suceso. Cuerpo y alma unidos al río, envueltos ya apasionadamente en los motivos del amor, en los motivos del vuelo.

San Juan de la Cruz nos decía: “Que cuando las cosas divinas son en sí más claras y manifiestas, tanto más son al alma de oscuras y ocultas; así como la luz cuanto más clara es, tanto más ciega y oscurece la pupila”… Por su parte, Bergson nos dice que lo inefable es ese continuo religarse de Dios con el mundo, bajo un fluido vital que perpetuamente continúa el empuje creador de la vida, por el amor a lo creado. Pero la poeta nos enseña que lo inefable, también aquí, en lo inmanente, en la duración de su manifestación existencial, se muestra a sí mismo y no necesita expresarse. Entonces aquello que no puede ser expresado, encuentra su virtud más verdadera en el silencio.

La extensión del alma es el silencio. Silencio intacto tan necesario para la conciliación de los dobleces. Silencio que nunca se contempla por permanecer ligado a lo siempre puro y completo del Ser. Y en este blanco silencio, el río ya no me habla de retornos. Unido a él por la constante pasión de la raíz, encuentro la paz, el remanso iluminado. Lo cóncavo aquí, ahora, en mi propia duración, y en reciprocidad, mi mano generosa que se alarga para entregarle en el final del viaje, todo cuanto traje de voz, de cuerpo y de deseo. Así nunca se separa la vida del río. Es entonces cuando el río se vuelve casa para el hombre y el hombre casa para el río. Casa, donde el amor hace cálidas las paredes… la mujer, su voz, su siembra de uvas, su dolor de corrientes, sus senos de cuencas, caminos. Y en los cabos del silencio, la epifanía del mundo a través de la palabra que se hace cuenco de río, casa compartida que se alarga en su entrega, pues es ella quien le atribuye su estructura con un poder que va más allá de lo descriptivo. El mundo como contexto de la manifestación absoluta de la realidad, y el hombre que a través de la palabra se hace trascendente para así corresponder a la inmanencia amorosa de ese Ser, de ese río: La palabra es la casa del Ser. La salvación nos llega entonces desde allí: en el río con la ribera de tu casa. Luego, los hilos empiezan lo asombroso.

Un solo hilo doble. El hilo oro de la casa en el hilo azul de los buscadores, entretejiendo a la hondura de allá, con la luz madurada del sol en el corazón de las manzanas. Hilo de la hoja, del sueño, de la piel, de lo débil, de lo dulce. Hilo del ave, del vacío móvil de los valles. Hilo de la sangre, de la luz y el hilo de los hombres entre las casas, las penumbras y una laja blanca en el amanecer. Hacia dentro y hacia fuera, para que prosiga el goce de la vida, los espacios íntimos de la voz en canto-sol-libre.

Lanzo mi voz en canto-sol-libre como una red sobre las aguas extendidas del río. Voz entretejida a la voz de una mujer que me mira también con el azul oro del río, junto a las aguas claras que arropan el balcón de la casa, de esta casa blanca. Solo una mujer anudando los hilos de lo inmanente y lo trascendente de un tejido inefable para que el hombre lo vea. Canto de regocijo al entender lo inexpresable también aquí, ahora: La raíz y el fruto unidos por el deseo de mi boca.

En el fondo de la red esta visión: El río puro y completo, río este, nuestro, hondo, que da la casa, el pan, el agua: prolongación de redes. Únicamente él dejando ser y el sendero del viaje de un hombre para anclar y alcanzar los hilos indetenibles tejidos por la siempre ella. Callada cruz de las aguas donde los hilos se ensartan a la voz, al corazón y a cada hombre del río hondo aquí, nuestro: Ser.




NOTAS :
"El río hondo, aquí" es un libro de poemas que Elizabeth Schön publicó en el año 2000, casi a sus 80 años.

Elizabeth Schön nació en Caracas en 1921 y murió en el 2007.
En 1953 publicó su primer libro.
Poeta, dramaturga y ensayista. En 1994 recibió el Premio Nacional de Literatura.

El libro " El río hondo, aquí"  completo aquí ,en PDF, editado por edit. Diosa Blanca, pueden leerlo siguiendo los enlaces :





 Edgar Vidaurre, nació en Caracas el 5 de diciembre de 1953, abogado, pianista, escritor y licenciado en filosofía. Integrante de los talleres del poeta Alfredo Silva Estrada y de los talleres libres con las poetisas Elizabeth Schön e Ida Gramcko. En el año 2006 obtiene el diplomado en teología de la Universidad Monteávila de Caracas.
Autor de los libros de poesía:
- La resurrección de los frutos (1993)
- Poemas de la tierra (1995)
- La fugitiva (1996)
- La séptima Rosa (1996)
- El lugar más sosegado de la tierra (1997)
- Panayía (1998-1999)
- El lamento de Ariadna (2002-2004)
- Diario de un Piano Abierto (2006-2019)
- El diario de Kabir (2008)
- El pié de la doncella (2013)
- Al este de la melancolía (2018)
- La ciudad de Awan (2018)
Desde el año de 1989, es colaborador y coeditor de la Editorial Vertiente Continua del Poeta Alfredo Silva Estrada, y director fundador del Fondo Editorial Diosa Blanca. Profesor y conferencista del Centro De Estudios Junguianos de Caracas. Profesor de literatura hebrea e inglesa en la Universidad Metropolitana de Caracas. Actualmente Presidente de Círculo de Escritores de Venezuela




Elizabeth Schön fotografíada por su esposo, el pionero de la radiodifusión venezolana, Alfredo Cortina



domingo, 24 de mayo de 2020

Si fuese un río.../ Ana María Hurtado responde..../ Río Choroní, Venezuela

Octavo Boulevard pregunta: Si fueses un río del mundo...¿cuál serías? y ¿por qué?
           Ana María Hurtado  responde:


Si yo fuera río, me preguntas, como si ya no tuviese un río que me recorre, que hace de mí una criatura fluvial, fluyente, con cauces sinuosos y amplios deltas. Para ser río sólo tengo que sumergirme hacia el adentro buscando esas líneas de agua en mi cartografía.
Mi río es de montaña tropical rodeado de intrincadas trepadoras y gigantes helechos. Río de brumas,  que desciende a  veces rápido, otras, arremansado en ensenadas donde los niños juegan con los pechos abiertos como flores.  Soy ese río de grandes piedras lisas cubiertas de líquenes y musgos, que devuelven la luz en centelleos.  Río de manantiales caudalosos y aguas frías en cuya piel erizada cae la luz en filamentos, filtrada por las rendijas que se forman entre  los altos bambúes.
Me gusta ese delirio que me ciñe, el fondo lodoso donde asoman  guijarros de colores y peces asustados. Todo es luz temblorosa, alucinación desprevenida. Me gusta el bosque somnoliento que me alimenta de cantos y de prismas. Me encanta la soledad que brota en las esquinas y ese deseo de sal que empuja mis aguas hacia el mar. Mi hechura líquida se esmera en abrirse al aliento marino, como una novia traspasada de amores impacientes.
Ese es el río de Choroní, pueblo antiguo de mar en mi Caribe, el río donde un día en éxtasis vi danzar libélulas iridiscentes  como hadas, o viceversa;  mi río donde tantas veces fui feliz, inocente y joven. El río que inundó mis entrañas, que nutre mis raíces, que me devuelve a los inicios, al cuerpo sin fronteras, que me hace hondura sin distancia.  



Ana María Hurtado
   Nació en Caracas, Venezuela;  poeta, escritora, ensayista y médico psiquiatra egresada de la Universidad Central de Venezuela. Ha colaborado en diversas revistas y páginas literarias, de arte, poesía,  psicoanálisis y psicología profunda. Premio de narrativa Julio Garmendia (UCV).
   Autora de varios poemarios inéditos y de dos libros publicados: La fiesta de los náufragos (Editorial Diosa Blanca, 2015) y El beso del arcángel, en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtmann Editores 2018)




Ph Miguel Herrera, fotógrafo venezolano

sábado, 3 de diciembre de 2016

MARCO RAMÍREZ MURZI / 4 Poemas de LOS ESTIGMAS





EL VIAJE
                A Elio Jerez Valero

He caído,
profundo,
por mí mismo,
y he visto el corazón,
como una casa sola, donde el viento
golpea puertas y ventanas.
El me ayuda a negar la luz
o a descifrar la lluvia
o el secreto de los pájaros.
Me da la compañía
de quien entierra,
muy amorosamente,
los recuerdos.
Me desata en los relámpagos.
Me lleva, de su brazo,
por las calles,
donde uno se va muriendo,
o donde puede estar más solo
que en la misma soledad que tiene adentro.
Me acerca hasta tu cuerpo.
Me convierte
en tu otra piel,
en la rosa o el olvido.
Y me lleva, por fin, a todas partes,
porque soy el hombre
que ha tardado millones de siglos construyendo
el instante supremo de su muerte.



EL FINAL
                  a  Dionisio Aymará


Vengo de muchos sitios.
Algunos
se llaman polvo, ceniza, estrellas.
Se llaman "adiós", "te amo" o "hasta luego".
Los años,
(mejor decir el tiempo),
me han ido separando
de los seres que amo,
de las cosas
que transitoriamente fueron mías.
Ahora,
me voy acercando hasta mi encuentro.
Comenzaré
por hacer el inventario de todas las memorias.
Por buscar un bello nombre para cada nostalgia.
Por crear un rostro hermoso para cada recuerdo.
Por despedirme de las manos infinitas.

Y, después, sí.
Que todo se borre del espejo.


EL COLOR DEL HOMBRE

El hombre no tiene color.
Puede ser blanco, negro o amarillo,
porque no tiene color.
Se dice que es hecho a semejanza de Dios,
precisamente
porque no tiene color.
Pierden los blancos el tiempo siendo blancos,
los amarillos siendo amarillos
y los negros siendo negros,
porque el hombre no ha tenido ni tendrá color.

El hombre es un instante,
alto y delgado fuego contra el viento,
en la mitad del mar.
Por eso, ha de tornar, un día,
a la ceniza inexorable.
Porque no tiene color.



EN SOLEDAD 
            a Jaime Tello



¿No ves
esta soledad que me asedia,
que está en todo lo mío,
su vacío de seres amados
y su atribulada estirpe ?
¿No ves cómo ese mar
me tiene aún sitiado
con su furor volcánico,
aprisionado en mis paredes,
indefenso y perdido ?

Toda mi fortaleza
viene de esta batalla cotidiana
y de quienes me antecedieron en la muerte.




Marco Ramírez Murzi está considerado como uno de los más sobresalientes poetas de Venezuela. Nació en 1926, en la ciudad fronteriza de San Antonio del Táchira, ciudad que le considera como uno de sus hijos ilustres. Fue durante el curso de su vida un incesante promotor cultural. Fundó por iniciativa propia la Casa de la Cultura (Ateneo de la Frontera), que hoy lleva su nombre

 Es autor de los libros de poesía titulados: “Entre el cielo y la tierra”(1947); “Antes del olvido” con prólogo de Julio Barrenechea (1951); “Alta noche”(1955); “Otra soledad” con ilustración de Carlos Cruz Díez (1956); “El prestidigitador” (1956); “Antología Poética” con prólogo de José Ramón Medina (1960); “Sólo poemas”(1963); “La rosa y el verano”(1963); “Sin geografía” edición bilingüe hecha en Paris, Francia (1963); “El bufón de barba gris”(1966); “De amar y andar”(1967); “Rito sagrado”(1971); “El regreso del agua”(1975); “Galería de los espejos”(1975); “Viento del Oeste” (1978); “Contraposiciones” (1981); “Los estigmas” (1987); “Todo poesía” (1990); “Linaje de Neptuno” (1993) y “Sentencias del viejo pescador” (1994). 
Marco Ramírez Murzi murió en Caracas en 1997.






foto AliciaGallegos

foto AliciaGallegos







sábado, 22 de octubre de 2016

ANA MARÍA HURTADO / 6 Poemas





                                                                                                                   Yo amo la perla mágica que se esconde en los ojos de los
                                                                                                                             silenciosos, el puñal amargo de los taciturnos…
                                                                                                                                                                                      Juan Sánchez Peláez
                                                                                                                                               
                                                                                                  
me enamoro de las plantas feroces que crecen en los suburbios

amo las flores que brotan entre los desperdicios
con sus pistilos lascivos horadados
me conmueve su desazón y la timidez de su voz entrecortada

termino seducida por el guiño inocente de los perros
que miran con sus lenguas  y se ofrecen
tiemblo con su pelambre amanecida en la vecindad de los escombros

paseo entre ruinas para enamorarme de los mármoles caducos
de los viejos palacios con deslucidas avenidas
donde los vagabundos esparcen su sueño entre periódicos

me embelesa la tierra fangosa y el acre estiércol que la devora
donde los cráneos engendran raíces y caracoles

de toda criatura  reptante sin ojos me enamoro

me encantan las esquinas sin nombre
que han perdido el código postal y no aparecen en los mapas

me apasionan esas calles de sombras afiladas
donde mujeres taciturnas se deslizan 
hundiendo las huellas de su vértigo en los muros

me enamoro con gran facilidad de los amantes
animales ensimismados insaciables
que se cobijan y amamantan en los atardeceres
bajo el rumor azul de las estatuas

de todo ser gimiente

me enamoro


…//…




la voz es un árbol derramado
abre la garganta con el sonido de sus hojas
canta como una antigua mujer

una voz es un tallo erguido 
una rama extendida entre el cielo y el abismo
la voz es una hoja que grita
que gime entre los pasadizos subterráneos

crece la voz latiendo
una sílaba se extiende y resbala
crece con savia entre las venas
el árbol voz de gemidos inaudibles
cristales que laten hacia dentro
que hurgan para descubrir manantiales
para llegar al centro donde nace la luz

voz no es palabra, es árbol sonoro



…//…




 CORPUS

Él me siente
me espera
escucha lo extenso
el rumor
va de mi lado
A oscuras
siempre paciente
- o abandonado
disperso
a veces contenido

encapsulado
muere de mí 
enfermo de mi vida
va deshaciéndose
se duerme en mi regazo
lo arrullo
lo amamanto

percibo su temblor
él, mi miedo
ambos nos escondemos
buscamos refugios
nos hundimos en la tierra
perseveramos

a veces nos ignoramos

he sentido su olvido
él, mi indiferencia
nos alcanzamos de reojo
somos sombra

busco su mano
él me mira
sin entender
hacemos piruetas
dejamos gestos en el aire
miramos al unísono
lloramos de lo mismo

si dormimos
nos despierta la fiebre
nos ahoga

cuando no podemos respirar
nos une el sin aliento

nos encontramos
y somos monstruos
criaturas desbordadas
hambrientas

una raíz nos ha crecido
yacemos




…///…





no pertenezco ya a este mundo
he buscado refugio en una galaxia de hojas amarillas
donde las mujeres se preñan de los pájaros
y amanecen redondas y febriles
sin palabras
con el sudor de lo infinito





…///...

  

la verdad es una piedra negra
acerco mis labios a su matriz sin nombre
saboreo las raíces de una escritura fósil

desciendo entre fango y savia
puedo escuchar un canto ciego 

la presiento

ansío morderla 
sacarle con mis dientes el zumo 

ella tiembla 

y derrite su ligero fulgor
como lava en mi lengua





…///…





una vez fui árbol y dormiste en mi pecho
ignorabas el espeso nombre de mi alma

te di a luz con el fruto lacerado de mi vientre

abrazabas mi entraña sin saber que habías nacido de mí
eras pájaro y temblor
abriendo el cielo de mi profundidad
hasta alcanzar el llanto contenido de la tierra

perforaste mi corazón con un golpe de luz
sedienta víscera mía

árbol tuyo fui
sin saber mi nombre ni mi estirpe
ni el sol que me preñaba



…///…





Ana María Hurtado.
Caracas, Venezuela. Médico Psiquiatra egresada de la Universidad Central de Venezuela, poeta, escritora y ensayista

Premio de narrativa Julio Garmendia (Dirección de cultura UCV) con el cuento “Día de Liberación” (1984)

Ha colaborado en revistas psicoanalíticas nacionales, en el blog de filosofía política y arte im Geviert (Alemania), en la revista virtual de poesía Kokoro (España),en la web del Centro Junguiano de Caracas, en la página literaria del diario Tal Cual y  en el Blog Prodavinci . En la actualidad colabora regularmente con la página El Constructor online y en el Blog El Lamento de Ariadna.
Asiste al taller de poesía del poeta Armando Rojas Guardia. 

Autora de los poemarios El verbo se me esconde
Las Pequeñas criaturas de la noche
Elegía Mínima (inéditos) y 
La Fiesta de los Náufragos (Editorial Diosa Blanca 2016).









martes, 6 de septiembre de 2016

YOLANDA PANTIN / 3 POEMAS seleccionados por Jonio Gonzalez



YOLANDA PANTIN/
 3 POEMAS



MACUTO

Quedó la piedra enmarcada
como un juego de niños:
Pasar por el aro su desprendimiento
desde lo alto del cerro. No es un juego.
Portentosa,
luce la piedra en los baldíos.



PARAGUANÁ

Para matar a la culebra
por la cabeza
hay que atravesar un istmo muy estrecho
de manera que es posible
ver a ambos lados el mar cercándolo.
Un mar blanco, con pequeñas olas apagadas.
Los hombros que se desprenden,
parecen sostener a la república
de la que es parte la cabeza
que se inclina hacia el mar.
Domina el paisaje, como los ojos
al cuerpo, la refinería.
No respira un alma.
Los restos de basura que trae el viento
y deja entre los cardones y mogotes de cujíes,
parecen, bajo estos vendavales,
estruendosos, trepidantes banderines.




DEAD CAN DANCE

Todavía, a las hojas,
las hacía bailar el viento
una danza melancólica,
de esperanza
ciega, bajo la tormenta.




en “País”, Pre-Textos, Valencia, 2014.




Yolanda Pantin . Caracas. 1954. 
 En 1972  estudia  Letras en la Universidad Andrés Bello.
 En 1989 funda con un grupo de poetas venezolanos la editorial Pequeña Venecia de poesía, con un haber de 52 títulos publicados de autores muy representativos del género en el continente.
Destacada gestora cultural. Poeta varias veces premiada. 
Representante de su país en importantes eventos literarios internacionales.





En la imagen, Yolanda Pantin por Vasco Szinetar

viernes, 6 de noviembre de 2015

ANA MARÍA VELÁZQUEZ / 3 POEMAS


ANA MARÍA VELÁZQUEZ 





*


Olvido mi andar de costumbre
rompo esquemas
salgo ilesa
quizás mi viaje
no sea comprendido
el conflicto sólo sirve para justificar
señalar
apuntar
afirmar que te equivocaste
la vida que elegimos siempre tiene sentido
la poesía llega sola
la palabra
simboliza un movimiento interno
a partir de la experiencia
No se alcanza el cielo con las manos limpias




**

Exilios voluntarios
La gente quiere tomar el desayuno
de pie en la cafetería
apurada en beberse nuevas ciudades
y olvidar un país en crisis
Seré eterna extraña de los otros
siempre cambiando de piel
salamandra en alerta
extranjera de por vida




***

No sé viajar sin pasaporte
cruzar fronteras sin legalidad
No pertenezco a la aventura
de la noche de los tiempos
ni a ninguna otra noche en idioma extranjero
No sé qué hacer sin el sello del consulado
sin la visa
sin la carta de residencia
A cada instante
olvido quien soy
recuerdo quien soy
me pierdo
me encuentro
me paralizo
avanzo
me convierto en una doble de mí
que nunca había conocido
una mujer nueva
tratando de salvarse a sí misma








Ana María Velázquez

Caracas, 1964. 
Licenciada en Letras por la Universidad Central. 
Su primer poemario Cadaqués, palacio de viento obtuvo el primer lugar en poesía del Premio Nacional Alejo Moreno, Fundación de poetas de San Joaquín, Venezuela, 2009. Su poema “La mujer que siempre ha existido sobre la tierra” obtiene premio de poesía Latin Heritage Foundation, Washignton, 2011. En 2003 obtiene el tercer lugar Cuento corto en el VI Festival Literario Ucevista, Universidad Central de Venezuela, por el cuento “El mismo espanto que convierte la palabra en una mueca”. 
Ha publicado dos poemarios y dos libros de cuento: 
Con los ojos abiertos. Fondo Editorial Ipasme, 2008, 
Creí que me besarías antes de partir. Areté Editora, 2011, 
y una novela 
Al azar del viento. Editorial Lector Cómplice. 
Su segundo poemario Extranjera de por vida obtuvo Mención Especial en la XIX Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre, Cumaná, Venezuela, 2013.
Es docente universitaria de literatura. Vive en Caracas. Publica regularmente ensayos y reseñas literarias en medios nacionales y ha publicado cuentos en Cuenca, Ecuador, artículos en México y poemas en Barcelona, España.