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viernes, 21 de febrero de 2020

SOFÍA GONZÁLEZ BONORINO / MI CLIENTE / nota de Alicia Gallegos

   MI CLIENTE es una notable novela escrita por Sofía González Bonorino.
Publicada en Buenos Aires, en 2014.

   La protagonista es una mujer joven todavía, argentina, de clase media.
   La acción transita por dos carriles paralelos: A) El diario personal de la protagonista donde se refleja el presente, aquí esta mujer consigna acontecimientos, detalles, fracciones de la relación con un cliente muy particular y significativo en su trabajo como prostituta. B) La reconstrucción de la historia de la mujer a través de ejercicios de memoria que surgen atraídos por el deseo del cliente.

   Más allá de una escritura delicada y trabajada frase por frase, este libro está teñido sutilmente por una puesta en foco de aquellos temas y problemas que afectan de forma dramática la vida de las mujeres de todas las clases sociales.
   En la actualidad la vida real continúa sometiendo a las mujeres a través de mandatos culturales, sociales y familiares que de tan férreamente construidos y arraigados son hasta invisibles para quienes se dedican a los estudios de género.
   Aunque pareciera que el centro de interés según se anuncia en la contratapa de la novela está en el ejercicio de la prostitución de la protagonista y la relación con un cliente particular, la historia va mucho más allá y se va ramificando contínuamente haciéndonos  transitar escenas del erotismo infantil, relaciones que rozan peligrosamente el incesto, vínculos familiares confusos, el cuerpo de la mujer torturado por las consecuencias catastróficas  de esos vínculos confusos y así un espiral que pasa por autolesiones, bulímia, anorexia, mentiras y desamor.
   El matrimonio por "conveniencia"como mandato, orientado a trabajar un vínculo basado en intereses y que se  convierte en una sociedad comercial es expuesto magistralmente con la aparición de Alfredo, un personaje que va de lo repugnante a lo admirable en todas sus facetas.
   La maternidad como fascinación, obsesión y causa de dedicación full time  termina deviniendo en la desaparición del supuesto y cuestionado instinto materno. La maternidad llega al punto de convertirse en un peso asfixiante, agotador y frustrante que  es silenciado por la hipocresía de la sociedad no dispuesta a dar lugar para que la mujer exprese con libertad sus angustias, ansiedades y los sentimientos contradictorios que tiene hacia sus hijos y que van desde dar la vida por ellos a querer matarlos.
  Hay un momento de la historia en que la protagonista se siente atraída, se enamora. Si el protagonista hubiese sido un varón la situación pasaría por "papá se separó de mamá, papá tiene novia, papá se fue de viaje con la novia, los chicos se quedan con mamá" pero siendo la protagonista una mujer la situación es "ella abandonó a sus hijos" y de ahí en más las consecuencias nefastas.
   Muchísimo más  podría decirse de este libro que aunque no es de publicación reciente como toda buena novela trasciende la fecha de salida de imprenta.


Sofía González Bonorino
Publicó las novelas Las Cruces (2000), La Quema (2003) ,El Escritorio (2006) y Mi Cliente (2014)
Lleva adelante el Blog





jueves, 12 de julio de 2018

ARANZAZU DE ISUSI / UN CUENTO de BENDITAS LUCIÉRNAGAS

                                                
CON PERMISO DE NATALIA

    Aquel día bebí demasiado durante el almuerzo. Después recogí a Natalia y procuré no hablar mucho para que no sospechara. A Natalia no le gusta verme borracho; ni siquiera un poco. Teníamos entradas para una obra de teatro. A mí no me entusiasma el teatro pero de vez en cuando se empeña en que debemos hacer planes juntos y yo voy, algunas veces algo borracho, pero voy. No me gusta discutir con ella, al fin y al cabo es mi mujer y, a mi manera, la quiero.
   Llegamos en hora y una vez dentro le dije a Natalia, usando el menor número de vocablos posibles, que tenía que ir al cuarto de baño. Me costó unos minutos discernir cuál era el de caballeros y me decidí por la puerta de la derecha, la correcta. Me quedé un largo rato mirando la pared, me mojé la cabeza, me peiné hacia atrás y, al fin, me vi listo para salir. Tomé el pasillo de la izquierda y de pronto me encontré entre actores con peluquín y barba falsa, actrices con pestañas postizas y trajes de ceremonia, supuestos testigos de boda vestidos con chaqué y maquilladores provistos de brochas y coloretes. Discutían. Por lo visto faltaba el novio y era imprescindible para la primera escena. Me quedé escuchándoles por un momento y entonces decidí preguntar a una chica que vestía de novia cuál era el camino hacia el patio de butacas. Natalia estaría preocupada y yo no sabía volver. La chica, a la que 20 llamaban Inés, me miró y dijo que me parecía mucho a Roberto, que era un tipo muy guapo y que podría hacer de novio. Sin mucha voluntad, me dejé poner un bigote finito y peinar con gomina. 
    Salí a escena como un novio primerizo y crucé varias sonrisitas con Inés. Después, me casé. Fue una ceremonia entrañable; todo hay que decirlo. Corté con Inés una tarta llena de corazones de caramelo y bailé el vals a pesar de que todo me daba vueltas. Vi cómo se alegraba el público y es que al público le encantan las historias de amor. Les miré con poca profesionalidad, sonriendo bobamente y, por un instante, traté de localizar a Natalia pero las figuras se mezclaban unas con otras. Seguramente mi boda no le estaba sentando bien. 
    Después, nos fuimos de viaje de novios a Positano y fui muy feliz. Recorrimos la costa en un barco y pasamos una noche en Capri. Yo estaba tan concentrado en mi luna de miel que no volví a buscar a Natalia entre el público. Fueron días de vino y rosas, como dicen los cursis, que a mí me hacían mucha falta. Al fin y al cabo, mi vida era un gran aburrimiento y hay que reconocer que una luna de miel anima mucho. Pero todo lo bueno se acaba y, después de quince días, volvimos a Madrid. 
   El público celebró con nosotros la entrada en nuestro apartamento y comenzamos una vida de recién casados. Me levantaba temprano y preparaba el desayuno para Inés. De algún modo, percibía la envidia de las mujeres de las primeras filas y las miradas que de refilón dirigían a sus parejas. No quise imaginar lo que estaría pensando Natalia a la que jamás preparé un café.
     Durante la jornada, Inés y yo, nos escribíamos mensajes de amor y al salir del trabajo paseábamos cogidos 20 21 de la mano por los bulevares. A veces y animados por el calorcito de la primavera, nos apoyábamos en el maletero de un Golf o de un Fiat lustroso y nos besábamos como adolescentes. 
    Todo esto hasta que Inés quedó embarazada. Entonces las cosas cambiaron. Tuvo un embarazo muy difícil que siguieron al detalle las madres que ocupaban el patio de butacas y, por fin, dio a luz a un niño grandote y colorado al cual llamamos Nicolás. Y Nicolás fue creciendo. Todo parecía sonreírnos hasta que, sin previo aviso, me echaron del trabajo.
    Al principio, me quedaba en casa haciendo que limpiaba y viendo la tele, pero me resultaba un poco aburrido, así comencé a ir al bar y a beber desde primera hora de la mañana. Más de una noche desperté en la alfombra del vestíbulo sin recordar cómo había llegado. 
    Inés empezó a cansarse de mí. No soportaba mi olor a ginebra. Estaba tan harta que el día en que al entrar tropecé y se hizo pedazos un antiquísimo jarrón chino decorado con dragones y peces, me echó a la calle. Yo, que no tenía dinero, dormía cada noche bajo un puente distinto al abrigo de las Dracónidas, de las Orónidas o de las Leónidas.
    A veces pensaba en Natalia. Incluso estuve a punto de dedicarle algún párrafo desde el escenario para que viera que no la había olvidado. 
    Sin embargo, mi suerte cambió. Un día de noviembre, el famoso empresario de teatro, Cosme Abril, me encontró en una calle del centro. Me reconoció por mi gran papel de novio lo cual me halagó mucho. Mi actuación le había parecido magistral, sobre todo la vuelta de Positano. Ahí sí que me vio suelto, dijo. Yo le sonreí agradecido y él me 22 invitó a almorzar a su casa donde conocí a su mujer. Era una rubia de bote que en tiempos había sido corista y que se llamaba Madeleine, que es un nombre mucho más elegante que Magdalena. Fueron muy amables. Me dejaron ducharme en un baño de mármol con grifería dorada antigua y me asignaron un dormitorio dominado por una gran lámpara violeta. Viví unos meses junto a ellos. Seguí bebiendo como un cosaco, pero cuando estaba borracho me iba a la cama y esperaba a que llegara el nuevo día. 
   Durante estos meses, pasé mucho tiempo con Cosme y nuestra relación fue estrechándose. El mismo día en que me nombró supervisor de guardarropa de su nueva obra, nos hicimos amantes. 
   Yo evitaba mirar al público porque no quería ni pensar en la cara que estaría poniendo Natalia al verme en la cama con un hombre. Es probable que jamás quisiera volver a acostarse conmigo. Por otro lado, mis prejuicios hacían que me sintiera algo culpable ante la posibilidad de que mi hijo se enterara algún día de mis tendencias homosexuales. Pero todo discurrió bien, Cosme parecía ajeno a cualquier cosa que no fuera yo y plantó a Madeleine para poder vivir su amor conmigo. 
   Mi fuerza creció. Cosme me llevaba a los estrenos, me presentaba a los autores más influyentes, me invitaba a pasar el fin de semana en Venecia o a pasear por Estambul entre mujeres de pañuelos de colores vivos en la cabeza y hombres que miraban orgullosos sus cestos de peces plateados.
   Y yo me dejaba querer. 
   Con el tiempo, contagiado del ambiente, comencé a escribir obras de teatro. Eran obras que Cosme aplaudía y llevaba a la escena. Y así, entre bambalinas y lujos, pasaron los primeros quince años de vida en común. Me había 22 23 convertido en un autor más o menos célebre y Cosme era mi esbirro. 
    Mi actitud despótica me avergonzaba a ratos, pero estaba orgulloso de mi atractivo y de mi talento y era algo que el público, sin duda, percibía. Comencé a creerme un gran dramaturgo; creo que lo era. 
   Pero el tiempo no pasaba en balde y una mañana de pleno verano vi levantarse a Cosme y me pareció el títere más repugnante y seboso que podía imaginar. Sudaba y llevaba puesta una camiseta de tirantes que marcaba su enorme vientre y dejaba ver gran cantidad de vello blanco. Sin mediar palabra, le amenacé con abandonarle. Además, yo nunca había sido homosexual. 
    Aunque en su cara vi un sufrimiento infinito fui implacable.
    A la mañana siguiente recogió sus cosas y me dejó solo y sin un céntimo. 
   Me senté en un escalón de la entrada mientras se oía cierto murmullo entre el público. Me pareció que pensaban que lo tenía merecido y me dio pánico buscar a Natalia. 
   Traté de colocar una nueva obra que había escrito, pero ningún empresario la quiso. Entonces volví a beber, estaba borracho desde la mañana y no tenía dinero para pagar el apartamento. 
   Desesperado, al cabo de un mes llamé a Cosme y le rogué que viniera a verme. Se lo rogué llorando tanto que apareció una noche en mi casa. Llevaba un traje gris de raya diplomática y unos zapatos brillantes. Le recibí —todo hay que decirlo— con un pijama algo manchado de huevo, con legañas y despeinado. 
  Tuvimos una fuerte discusión y yo, que estaba borracho, le amenacé con un cuchillo de cocina. Cosme intentó 24 defenderse, me lo quitó, forcejeamos y acabó clavándomelo en una pierna. Quedé cojo para siempre y, desde entonces, me pasa una pensión para que no muera de hambre. Él volvió con Madeleine y siguen felices.
  Ya me había convertido en un sesentón sin oficio ni beneficio —nunca logré colocar otra obra— cuando supe de la muerte de Inés. Acudí a su funeral porque uno debe ir al funeral de cada persona a la que amó. Además, aún recordaba aquella célebre luna de miel en Positano. Me puse un traje oscuro y entré cabizbajo en la iglesia. En el primer banco pude ver a Nicolás. Era exactamente igual que yo cuando me casé con su madre. Delgado, con un bigote fino y gomina. Iba acompañado de una mujer muy elegante que vestía un traje de chaqueta negro y una blusa blanca. Supuse que era mi nuera. La miré de arriba abajo. Era una réplica de Natalia pero con el pelo ondulado.
   Y como tan sólo me separaban unos metros de mi amada Natalia, dejé el escenario, bajé al patio de butacas y me puse a llamarla. En un primer momento no contestó y temblé ante la posibilidad de que se hubiera ido. Seguí llamándola. El público no sabía si mirarme a mí o atender al funeral de Inés. Algunos me animaban. Viendo mi angustia, cada vez eran más los que me animaban. 
   De pronto, en la cuarta fila se levantó una mujer frágil, de piel blanca y pelo cano. Una mujer que tras observar mi penosa cojera, me reprochó por unos minutos mi incorregible insensatez para después cogerme del brazo con una ternura infinita y emprender junto a mí el camino hacia nuestra casa.




Aranzazu de Isusi nació en Madrid y es Licenciada en Derecho y auditora de cuentas.
Imparte talleres de escritura en diferentes escuelas de arte y dirige varios clubs de lectura. Además, colabora como tertuliana en programas culturales de radio.
Ha publicado dos libros de relatos:  “Cuentos de sombreros y paraguas”(Quadrivium, 2008), que fue traducido al alemán y publicado por la prestigiosa editorial DTV (Deutscher Taschenbuch Verlag) bajo el título “Sehnsucht und andere wirklichkeiten- Deseo y otras realidades", y “Benditas luciérnagas” (Torremozas, 2017)
Su trabajo como cuentista ha sido recogido en numerosas antologías, y galardonado en distintos premios, nacionales e internacionales.

Acerca de BENDITAS LUCIÉRNAGAS
 Dijo  Ángel Zapata (escritor y profesor de escritura creativa)  en la revista de literatura Quimera  
"Benditas luciérnagas, de Aranzazu de Isusi, es uno de los libros más originales aparecidos últimamente en el panorama del cuento español”.
“ Hay, desde luego, una apuesta lúcida y consistente en torno a la esencia de lo literario en este segundo libro de cuentos de Aranzazu de Isusi. Pero la hay como trasfondo a la dimensión que su mismo desarrollo hace pasar a primer plano, a saber: la fruición de una escritura que se propone antes que nada como juego, como una fiesta continuada de la invención y del lenguaje. Benditas luciérnagas es, en este sentido, un libro intensamente imaginativo y lúdico. 
Por derecho propio, pues, Benditas luciérnagas es un libro de cuentos medido, maduro, equilibrado, estructurado por secciones con mucho acierto y bellamente aglutinado por el leit-motiv de las estrellas fugaces. Como es también un libro plenamente, agudamente actual, y lo es en la medida en que las historias que contiene recogen la perplejidad y la labilidad y el aturdimiento y la zozobra del sujeto contemporáneo —coetáneo, habría que decir más bien—, y la recogen desde una punzante y nada complaciente intención satírica, que no excluye sin embargo cierta adhesión a las vicisitudes de los personajes, e incluso, aquí y allá, un fondo de ternura.

En este sentido, Aranzazu de Isusi acierta en algo tan difícil como lo es ese “humorismo del bien” del que tuvieron el secreto autores como Gómez de la Serna o Medardo Fraile, y que sabe detenerse un paso antes del despeñadero de lo dulzón, la ñoñería y el “humor blanco”. Su escritura tiene, a mayor abundamiento, el talento del bien, o el talento singularísimo de decir el bien, sin que esa intempestiva poética de la ben-dición nos horripile y nos estrague, después de Sade o de Lautréamont, de Céline o de Beckett.” 

Dijo Javier Velasco Oliaga  en la revista Todoliteratura:
“Las lluvias de estrellas, refuerzan el tono de los relatos, y  no mojan ni calan el cuerpo, sólo el alma  y nos invitan a ver el mundo con otros ojos, a darnos cuenta de lo que no percibimos a simple vista”.

Dijo Kike Martín ( periodista cultural de Radio Euskadi) 
"Un prodigio de imaginación y sensibilidad."

Dijo Javier Sáez de Ibarra ( Escritor, profesor de literatura y de escritura creativa)
"El libro habla de lo esencial que es lo que seguiría valiendo después de la muerte. Escribe de lo esencial poético viendo el lado más luminoso de la vida".

Dijo José María Sulleiro (Periodista y escritor)
“Lo que como lector me importa es la percepción de que lo que ahí se cuenta es “verdad” ese tipo de verdad que sólo nace del deseo y de la pasión por contarse. Hay mucha ternura en los relatos, mucho humor, no poco lirismo y una piedad tan delicada como amorosa. En pocas palabras, tras la lectura de algunos de esos relatos, uno siente correr por las venas algo más cálido que la propia sangre”.

Dijo Eloísa Martinez Santos (escritora y empresaria) 
“Pongo este libro entre los mejores de relatos que he leído en muchos años.
Destila talento, ironía, escritura fina, estilo e imaginación”.


lunes, 9 de mayo de 2016

ANA CERRI / UN CUENTO de LÍMITE OESTE



DOS TIROS.

     Mentiras que era loco. La vida fue demasiado para él pero no nació loco. Esa cuestión de no saber cómo defenderse, indudablemente, lo había afectado, pero no era loco.
Cuando Agustín cumplió dieciséis años su padre le regaló una escopeta vieja que tenía la mala costumbre de andar disparándose sola. En realidad, el regalo fue, más que por el cumpleaños, por los ladrones de gallinas que asolaban los nidales peor que las comadrejas. La cuestión es que se la regaló y el muchacho andaba por ahí con su escopeta como en un resplandor. No la dejaba ni a sol ni a sombra y hasta se la llevaba a la cama como se lleva a una virgen al tálamo nupcial.
Una tarde se puso, como posando para el fotógrafo de plaza, con el pulgar tapando justo la boca del caño, la culata en el piso y la pierna derecha flexionada delante de la izquierda. Tenía toda la intensión de lucirse con su fusil. Quería impresionar a la hija del sastre de la que estaba perdidamente enamorado y frente a su puerta, se apostó. No exactamente frente a la puerta sino cruzando la calle, como para que ella lo viera en perspectiva.

     Se le reventaba el corazón; él mismo se escuchaba latir en estallidos y cuando ella apareció, creyó caerse en un pozo sin término igualito a eso de los sueños, en los que uno cae, cae, cae …
Volvió violentamente a la realidad cuando la escopeta, que sí estaba loca, se disparó sola llevándose su pulgar y ahora sí, un pedazo importante de su razón.
La mano del muchacho sangraba profusamente y él hubiera querido morir ahí mismo, frente al espante − que creyó ternura −, de la mujer amada.
La veía en medio de los colores que le destilaban en la mirada confusa; la veía ir y venir en un perfume tibio de sangre que se desplomaba con él y que cuando se le terminó de escapar, le quedó flotando entre el sombrero y la gomina.
Finalmente, ella lo había mirado.
Pero volver en sí y emprender la búsqueda de su dedo pulgar fue una sola cosa. Guardó en algún punto de su sin razón la mirada que creyó tierna, recogió el arma, confirmó la incompletez a través del vendaje improvisado por
el sastre con retazos de entretela, e inmediatamente empezó a escudriñar palmo a palmo la zona.
    Aumentaron las versiones sobre la locura.
    Pero Agustín sólo hacía cálculos.
− El dedo podría, desde ahí, haber volado hasta la vereda…o hasta la vía; o, pensándolo bien, en un arco un poco más amplio, hasta el patio de la casa vecina y, más aún, hasta la otra calle…
Palmo a palmo buscaba el muchacho, y cuando no le alcanzaron los días, también buscó de noche. Andaba con una linterna vieja, pero minuciosa, rastrillando una y otra vez los mismos lugares.
Se confirmaron los rumores: el loco buscaba su dedo y estaba dispuesto a matar si descubría que alguien lo había encontrado y no se lo había devuelto.
El muchacho se convirtió en una amenaza a la vez, en muchas excusas:
− ¡Mirá que le digo a Agustín que vos tenés su dedo…!
− Si tu marido sospecha que vengo a verte de noche, decí que es Agustín que merodea…

     − ¡Seguí haciendo la tuya que el día menos pensado lo llamo a Agustín y le digo que te ponga en vereda!
Agustín ya no solo estaba loco, era malo, enderezaba conductas infantiles díscolas y se metía en la cama de mujeres ajenas.
Los chicos le temieron, los hombre lo usaron y las mujeres…las mujeres, en silencio, lo quisieron, de puro agradecidas no más.
Yo recuerdo haberlo cruzado por la calle y sin ningún disimulo, haberle mirado directamente la cicatriz que, por ese entonces, quedaba justo a la altura de mis ojos. Nunca pude tenerle miedo aunque por prudencia, fingí un poco. Lo espiaba recorrer sin cansancio la ruta del dedo. Ya era un hombre. Llevaba la escopeta en bandolera y un sombrero muy echado para atrás.
Tan en boca de todos y tan solo en su búsqueda el pobre Agustín.
La misma escopeta que le llevó el pulgar, por fin volvió a dispararse locamente, pero esta vez, sin error.



Sin embargo, Agustín sigue siendo una amenaza: su fantasma se lleva a los chicos descarriados; merodea por los patios de las casas, especialmente de noche; hace crujir las sábanas en camas forasteras y sigue dispuesto, aún en el otro mundo, a matar a quién, insensato, haya encontrado su pulgar y no lo haya devuelto.
No soy la única que deja una flor en su tumba, donde el palo mayor de la cruz es la escopeta que no ha perdido ni pizca de su locura y de tanto en tanto, se sigue disparando sola.


Ana Cerri nació en Rosario en 1947 y creció en Soldini, a 14 km de la ciudad , en el límite oeste de la provincia de Santa Fé
Es licenciada en Periodismo y Ciencias de la Información.










sábado, 23 de agosto de 2014

DAVID WAPNER / Cosas de viejos animales





Cosas de viejos animales

(Del libro inédito “Carga, adelante, vamos”)


Dedicada está esta maraña de letras a un tío mío que más que tío era un pato y como pato que era tenía las plumas untadas de aceite, de modo que flotaba siempre sobre cualquier superficie y por consiguiente estaba prohibido bañarlo con detergente cosa que de todos modos se hizo y ahí se le arruinó la vida.

Cosas de viejos animales sucedían en el corral que venía a ser la casa de mi familia en donde si bien no nací hube de criarme junto a pollos, lechones, corderos, pichones de víbora, siendo yo depositado en el rincón de los reptiles por descubrir pero más antiguos que todos los limones que abundaban en la finca y que consistían en la única fruta comestible y que había que comer.

Cierta vez mientras me comía los piojos fui atacado por la vaca y sus hijos a causa de la alergia que profesaban y aún sostienen los vacunos a todo parásito que no sea garrapata, bestia sanguinaria que soportan con la mayor atención y que por el contrario son odiadas por los perros los cuales son capaces de devorarse su propia piel con tal de sacarse esos monstruos de su vida.

En la escuela entrenábamos toda clase de alimañas unas ya caminando otras reptando gateando otras todavía eran huevos a los cuales tomábamos de punto y pateábamos en nuestro fútbol que consistía en embocar en el arco de uno que defendía en cuclillas aún sabiendo que su posición era indefendible y dos por tres un huevo hacía blanco en un ojo y en el ojo era que el pollo nacía.

De la miseria del atuendo en que viví no queda más que un cuerno ornamental que sirvió alguna vez como mástil de mis trapos que iba renovando a medida que dejaban de existir, habiendo de pasarme épocas de puras hilachas con las que debía enfrentar no obstante a las manadas de camellos en las cuales militaban mis antiguos amigos del jaulón. egresados junto a mí de la escuela elemental para burros, aves y otras bestias sin especie.

De qué materia están hechos los pavos, las batarazas, las mulas, los escuerzos, las monas, nunca me pregunté, aunque conozco la pasta íntima de gran variedad de materia viva a la que acostumbro a honrar desde que nací, porque no me alimento de otra cosa que de aquella pulpa variable de las almas que en pena piden asilo en todo cuerpo viviente, se encarnan por acuerdo o a la fuerza y al final son echadas a la calle en donde echan a correr para saltar sobre cualquier especie que se mueva y allí estaría yo.

Nosotros perseguimos a los monos y los monos se montan a los perros y los perros corcovean y dejan por el suelo a los jinetes, caderas rotas, varias lesiones que descubren a tales monos como falsos, monos disfrazados de monos, pero los perros también actuan de perros y nosotros de nosotros y así nos damos corte en el corral, sobre la paja, a orillas del barro, a metros del tambo, en donde trabaja la vaca mala, dando leche a la fuerza, a pesar de que hace tiempo que no tiene mamón.

Cuando la cola del potro ficticio se tensa por obra de manos que se dejan arrastrar al galope sobre pampa rasa, lastimado por abrojos, herido por cardos y puntas de cuchillos olvidadas por matreros en fuga, por quién, por qué, mordido por vizcachas, picado por abejas, taladrado por chimangos, quemado or el sol, el que va tendido sabe que hay formas de morir que mejor sería enterrar.

Eran más ffelices los pollos que los patos, aún famosos ardían en brasas, crujían en las quijadas de un can, que luego gemía en sueños, despertando al gato, a la araña, al asno, al erizo, al cordero, a los patos por fin, que hacìan alboroto, por nada, por un poco de ruido, por un rumor en cadena, último estertor de los pollos, en boca de un perro, así eran los patos, que nunca estaban contentos, siempre alguna cuenta pendiente.

Cuando trotábamos por nuestra vereda nos pasaban los rinocerontes, las aveztruces, las jaurías de dingos, las manadas de antílopes, los gatos que perseguían palomas, las torcacitas, la mar en coche nos pasaba por encima y comenzábamos a nadar para arriba para alcanzar la superficie y comprobar que en efecto habíamos quedado últimos por obra y efecto de las trampas que no habían jugado la masa de animales que en tropel inventaban competencias por el sólo gusto de humillarnos.


Vamos a arreglar cuentas con las chacras que escudadas en su bajo perfil escondían bajo tierra tubérculos que nadie había visto pero anunciaban a cada rato la venida de la papa de oro,  la batata imperial, la gran remolacha del cielo, y sólo recibíamos pepitas, pepitas de papa, o los restos de la comilona que por debajo se daba la fauna subterránea, compuesta en especial por anélidos y otros apellidos más oscuros.

    
¿Qué hacían cuando los llamaba la marta, o cuando el geko los ponia en caja, o cuando el mandril les daba un chirlo, o cuando el erizo les tiraba un petardo, o cuando les olía el traste un pangolín?


Se escondían detrás del uro,
le insultaban  para que bufe:
PARA QUE EL URO SE HAGA EL CABRO







David Wapner nació en 1958 en Buenos Aires, ciudad en la que vivió hasta 1998, año en que emigró a Israel.
 Es poeta, narrador, dramaturgo, músico, cantautor y artista visual. 
 Colaboró y participò en las revistas Humi, Anteojito, Billiken, La Nación de los Chicos, La Masmédula y La Trompa de Falopo, entre otras publicaciones.
  Entre los años 1996 y 2006, dirigió el tabloide “Extremaficción” y su continuidad, el e-zine “CorreoExtremaficción”
Entre sus libros, muchos de ellos para niños, se encuentran:
Bulu-Bulu,
El otro Gardel
El Águila, 
Tragacomedias-Sacrificciones,
 La noche
Interland
Violenta Parra
Algunos son animales,
Canción Decidida
Los Piojemas del Piojo Peddy
Una novela de mil páginas
Icaro, Pajarraigos, Inspector Martinuchi, Pequeña Guía de La Gaturbe, Mardablogues, Perrupagia Amoghino Búnfeld, La Guía Ne(c)sia, Cabía una vez y Un auto en dirección hacia, entre otros.
 Ganó en cinco ocasiones el premio “Destacados de Alija” (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina( y el “Los Mejores”, del Banco del Libro de Venezuela, por sus libros para niños.