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lunes, 1 de junio de 2020

Si fuese un río.../ Edgar Vidaurre responde dialogando con "El río hondo, aquí" de Elizabeth Schön

Octavo Boulevard pregunta: Si fueses un río del mundo...¿cuál serías? y ¿por qué?
           Edgar Vidaurre responde:



Si yo fuera río.

El Río es todo y todos somos un río. Yo tengo un río dentro de mi, y a la vez muchos ríos confluyen en mi adentro. Todo es el río y el río lo contiene todo. Esta epifanía, esta verdad, está contenida en el libro "El Río hondo, aquí" de Elizabeth Schön...He aquí entonces la crónica anímica de dicha epifanía.




Del río hondo aquí



“El gran Tao es río que se divide para volver luego a juntarse
Se divide de izquierda a derecha
Los diez mil seres viven de Él y Él a nadie se niega
Obra y no pregona su obra
Viste y nutre los diez mil seres y no se enseñorea de ellos
Su perpetua falta de ambición lo hace parecer pequeño
Pero al no enseñorearse de ellos, los diez mil seres vuelven a Él y se hace grande”.
 Capítulo 34 del Tao Te Ching


           
Yo estoy aquí, en el borde. Cierro los ojos y las puertas para empezar a ver la hondura del río, su profundidad oscuramente luminosa y secreta. Mas, ¿cómo conocer su rostro en este aquí, cómo saber si ese presentido rostro es el de ella –su esencia-, cuándo aún no alcanzo a tocar su centro oscuro, primigenio, de necesidad y empuje?, ¿cómo penetrar en su cuerpo doble de aguas fluidas que son y no son, que expresan toda la posibilidad universal y al mismo tiempo el flujo y reflujo de las formas?. Quién es este río que en su hondura contiene de manera co-idéntica la fuerza abstracta y la fuerza conformante, la materia pura y la materia visible, la energía y la forma, lo intemporal y aquello que viaja con el tiempo, y a ella que con su aliento vital penetra al mundo con su infinita alternancia?. Y dónde está, dónde comienza y termina este río?. Aguas que corren hacia todos los horizontes posibles e imposibles abajo, e igualmente río arriba con sus aguas purificadoras que caen, aguas cambiantes, claras, turbias, sin perfiles, anchas, iridiscentes, arremansadas hacia lo permanente. Pero es aquí, ahora, sobre ese mismo río, donde las pupilas entran para cerrarse… y descubrir.

Y descubrimos a Ulises, lanzando sus anclas hacia lo más hondo de las aguas y a sus proas iluminadas por el tejido cósmico de Andrómeda, la tejedora de arriba, la que gira mostrándole el camino, haciéndole la piel combatiente. Símbolo de un hombre que con su fuerza de hombre trata de remontar la fuerza más allá del río –la fuerza del río está en su hondura-, perdiendo el cuenco para ser arrastrado por las aguas. Luego, la pérdida de las aguas será sustituida por el amor y la del amor por la mirada. Comprender con el alma mirando al río que es un árbol y una vez perdido todo, iniciar la Gran Búsqueda: la renuncia de las flores, por el corazón del primer fruto. Fruto que por contener la semilla, porta también en su centro la abundancia desbordada de los orígenes.

Decido entonces desde aquí, zambullirme en el río, olvidar la otra orilla, la ribera opuesta. Para hacerlo, mojo primero las manos en sus aguas y escojo el lugar arremansado donde nacen las espumas, posando el pie en el primer peldaño de las aguas, de la corriente, hacia el principio, hacia el Ser, o ese árbol que de tantos frutos se va inclinando hasta rozar las aguas.


Peldaño este, bullicioso, más suave y limpio… amor de las aguas dejando a la raíz llegar al fruto hasta alcanzar los cielos, doblemente cielos grandes, pequeños… fruto este que al descender, arrastra el rastro del origen. Y yo,  el zambullidor, abro entonces los ojos a la hondura dejándome arrastrar por el blanco levantamiento de la corriente… y hay tanta inmensidad para decir que algo se alcanzó. Una cáscara se abre donde la corriente va y la raíz empieza. Empiezo el ascenso, abriendo también esta otra puerta dispuesta a abrirse sin más prisa que la que se pone al amar y seguir, para escalar el río. Pisar con el alma encendida cada peldaño de él, que siempre es igual a lo que nunca concluye… y el peldaño, salto de agua, espacio, irrupción, pie y empuje en amor de hombre y ala, entendiendo que si se quiere tocar la hondura primaria del principio, es imprescindible el vínculo entre los empujes acuáticos, yendo, retornando y la piel blancamente dócil de toda pulpa, límite o corazón de alma.

Y esto es lo que los ojos miraron: Primero la hondura, un eterno umbral sin nombre, lo invisible, lo inmutable, una oscura-luminosa-soledad en calma perpetua, el abismo, el vacío, la oquedad, la nada. Pero, ¿qué es lo que hace irrumpir este fluir de la vida y de la muerte? Qué desdoblamiento es este que penetra la existencia con su doble hilo oro-azul, este anverso y su reverso, este ascenso y descenso. El amor supremo es como el agua, como el río y en su centro ella con su vientre lleno de realidades. Y he aquí que el río pierde su alta trascendencia y se hace inmanente al mundo, al hombre, carne de su carne y hueso de sus huesos. El río es también entonces la madre, la madre del mundo, la hembra misteriosa. Este río que se entrega, se abre, se divide de izquierda a derecha en infinitos arroyos que volverán de nuevo y siempre al cause materno.

El río es la vida de los seres como “El verbo que es vida y luz para todo hombre que ha venido al mundo”. Mas no el verbo de San Juan que es revelado por un Dios trascendente, inasible, innombrable, inalcanzable. No ha sido el hombre quien desprendido de su cuerpo, de su aquí, de su ahora, inicie el vuelo para que su alma y sólo su alma se una con lo trascendente del ser, más allá de su entendimiento, de lo explicable. Es el río quien ha renunciado a la absoluta quietud de su inalcanzable trascendencia, para venir al mundo y aflorar en él, fluir con la vida, la existencia a través de la duración de esa vida, madurar y hacerse fruto para permanecer entre nosotros. El río es vida aquí, ahora. Vida cuya única revelación es aquello visible a la superficie, la fugacidad del relámpago, el tiempo de un fruto, la paciencia húmeda del secreto, la oscilación de un ir hacia el ocre rojo del retorno, la carga del fuego, la vendimia de rostros escarpados junto a miradas enterradas entre redes, radas y escalones desolados, la mudez de lo lejano, cercano, el esplendor de los pinos siempre en pos de un luego arriba y seguir, la sombra del peso, la carga de la paz, lo intemporal con su piel de agua, el viento, la lluvia y la espuma que riega plena de lo huidizo, entre el martillo del relámpago y el fruto que se va estableciendo.

La hondura del río aquí, en la espuma de su orilla. Fue entonces cuando vi también con mi cuerpo, a lo fértil de lo pasajero hacerse campo de raíces permanentes y al torrente del río que nunca se separa, dejar a la raíz regresar a través del fruto para alcanzar mis labios. Y si me tocara describir la permanencia, diría como la poeta: “Línea de lenta paciencia… rostro, huella, pálpitos cargándose sobre los hombros neblinosos del río… corriente que asoma en los espejos de las aguas, un rostro que llega y un aroma que si se desprende sigue inundándonos… suceso inalterable si las capas encendidas del corazón, permanecen en los centros abismales de la soledad”.

Pero, ¿cómo tocar desde aquí, desde esta plena y fluida fugacidad, el corazón de lo permanente?. El niño pregunta, la mujer contesta. El peldaño entonces se colma. He aquí a lo inefable. Lo inefable de azul-oro del relámpago, tendido, insisto, inviolable. La hoja solitaria, las espumas y entre ambas la corriente que no deja perecer a la raíz: vinculación inefable del río con la muerte… lo inefable vivo en la claridad de lo oscuro… junto al río con semblante de jamás separarse. Lazo inaprensible que no tiene forma ni nunca hace sombra. Vuelvo entonces a cerrar los ojos, y es mi alma la que se abre e inclina hacia el principio, conociendo así lo inexpresable: “esencia y existencia de la realidad absoluta”Es mi propia ella quien mira que en el espejo de las aguas arremansadas a la ella del río, estableciéndose entre ambas una unidad de vida. Así, me despojo de la realidad toda –lo oscuro y lo visible- pero no para que la realidad sea eliminada sino más bien iluminada, transfigurada por el corazón de ese fruto que trae consigo todo lo indecible, lejos de la razón, de la mirada. Mas en este aquí, en este ahora, en este cuerpo, en esta mano del hombre que sostiene y se lleva a la boca deseosa el árbol todo con el fruto, también hallamos lo inefable. Es la realidad en su conjunto, presente aquí, en todo su esplendor ante nosotros, sin necesidad de expresarse ni de explicarse, absoluta pero fluida, mostrándose a sí misma y mostrándonos que lo permanente y lo fugaz son un mismo y maravilloso suceso. Cuerpo y alma unidos al río, envueltos ya apasionadamente en los motivos del amor, en los motivos del vuelo.

San Juan de la Cruz nos decía: “Que cuando las cosas divinas son en sí más claras y manifiestas, tanto más son al alma de oscuras y ocultas; así como la luz cuanto más clara es, tanto más ciega y oscurece la pupila”… Por su parte, Bergson nos dice que lo inefable es ese continuo religarse de Dios con el mundo, bajo un fluido vital que perpetuamente continúa el empuje creador de la vida, por el amor a lo creado. Pero la poeta nos enseña que lo inefable, también aquí, en lo inmanente, en la duración de su manifestación existencial, se muestra a sí mismo y no necesita expresarse. Entonces aquello que no puede ser expresado, encuentra su virtud más verdadera en el silencio.

La extensión del alma es el silencio. Silencio intacto tan necesario para la conciliación de los dobleces. Silencio que nunca se contempla por permanecer ligado a lo siempre puro y completo del Ser. Y en este blanco silencio, el río ya no me habla de retornos. Unido a él por la constante pasión de la raíz, encuentro la paz, el remanso iluminado. Lo cóncavo aquí, ahora, en mi propia duración, y en reciprocidad, mi mano generosa que se alarga para entregarle en el final del viaje, todo cuanto traje de voz, de cuerpo y de deseo. Así nunca se separa la vida del río. Es entonces cuando el río se vuelve casa para el hombre y el hombre casa para el río. Casa, donde el amor hace cálidas las paredes… la mujer, su voz, su siembra de uvas, su dolor de corrientes, sus senos de cuencas, caminos. Y en los cabos del silencio, la epifanía del mundo a través de la palabra que se hace cuenco de río, casa compartida que se alarga en su entrega, pues es ella quien le atribuye su estructura con un poder que va más allá de lo descriptivo. El mundo como contexto de la manifestación absoluta de la realidad, y el hombre que a través de la palabra se hace trascendente para así corresponder a la inmanencia amorosa de ese Ser, de ese río: La palabra es la casa del Ser. La salvación nos llega entonces desde allí: en el río con la ribera de tu casa. Luego, los hilos empiezan lo asombroso.

Un solo hilo doble. El hilo oro de la casa en el hilo azul de los buscadores, entretejiendo a la hondura de allá, con la luz madurada del sol en el corazón de las manzanas. Hilo de la hoja, del sueño, de la piel, de lo débil, de lo dulce. Hilo del ave, del vacío móvil de los valles. Hilo de la sangre, de la luz y el hilo de los hombres entre las casas, las penumbras y una laja blanca en el amanecer. Hacia dentro y hacia fuera, para que prosiga el goce de la vida, los espacios íntimos de la voz en canto-sol-libre.

Lanzo mi voz en canto-sol-libre como una red sobre las aguas extendidas del río. Voz entretejida a la voz de una mujer que me mira también con el azul oro del río, junto a las aguas claras que arropan el balcón de la casa, de esta casa blanca. Solo una mujer anudando los hilos de lo inmanente y lo trascendente de un tejido inefable para que el hombre lo vea. Canto de regocijo al entender lo inexpresable también aquí, ahora: La raíz y el fruto unidos por el deseo de mi boca.

En el fondo de la red esta visión: El río puro y completo, río este, nuestro, hondo, que da la casa, el pan, el agua: prolongación de redes. Únicamente él dejando ser y el sendero del viaje de un hombre para anclar y alcanzar los hilos indetenibles tejidos por la siempre ella. Callada cruz de las aguas donde los hilos se ensartan a la voz, al corazón y a cada hombre del río hondo aquí, nuestro: Ser.




NOTAS :
"El río hondo, aquí" es un libro de poemas que Elizabeth Schön publicó en el año 2000, casi a sus 80 años.

Elizabeth Schön nació en Caracas en 1921 y murió en el 2007.
En 1953 publicó su primer libro.
Poeta, dramaturga y ensayista. En 1994 recibió el Premio Nacional de Literatura.

El libro " El río hondo, aquí"  completo aquí ,en PDF, editado por edit. Diosa Blanca, pueden leerlo siguiendo los enlaces :





 Edgar Vidaurre, nació en Caracas el 5 de diciembre de 1953, abogado, pianista, escritor y licenciado en filosofía. Integrante de los talleres del poeta Alfredo Silva Estrada y de los talleres libres con las poetisas Elizabeth Schön e Ida Gramcko. En el año 2006 obtiene el diplomado en teología de la Universidad Monteávila de Caracas.
Autor de los libros de poesía:
- La resurrección de los frutos (1993)
- Poemas de la tierra (1995)
- La fugitiva (1996)
- La séptima Rosa (1996)
- El lugar más sosegado de la tierra (1997)
- Panayía (1998-1999)
- El lamento de Ariadna (2002-2004)
- Diario de un Piano Abierto (2006-2019)
- El diario de Kabir (2008)
- El pié de la doncella (2013)
- Al este de la melancolía (2018)
- La ciudad de Awan (2018)
Desde el año de 1989, es colaborador y coeditor de la Editorial Vertiente Continua del Poeta Alfredo Silva Estrada, y director fundador del Fondo Editorial Diosa Blanca. Profesor y conferencista del Centro De Estudios Junguianos de Caracas. Profesor de literatura hebrea e inglesa en la Universidad Metropolitana de Caracas. Actualmente Presidente de Círculo de Escritores de Venezuela




Elizabeth Schön fotografíada por su esposo, el pionero de la radiodifusión venezolana, Alfredo Cortina



domingo, 16 de noviembre de 2014

EDGAR VIDAURRE / LA LUZ DE LA VELA

EDGAR VIDAURRE









Autorretrato


Un contraste de luces y de sombras
Donde sobresale una nariz y la imagen de una pena antigua
El ceño fruncido a propósito (no se vaya a notar la plenitud)
Del resto no se puede decir mucho…
Sólo los ojos que brillan
De tanto mirarse por dentro







Für Alina 


Una ventana abierta
Lejos de los muros y de las paredes
Sólo esta ventana abierta
Ella no vendrá
Porque el pensamiento es una flor blanca
-margarita que persiste en el jardín-
Como el recuerdo de su mano
Pequeñas cosas de tierra
Y esta onda de agua apenas perceptible

No volverá a sucumbir
Sobre el perfume de los prados
Porque ella ha amado demasiado
Hela aquí mezclada con el aire
No visible a los ojos del cuerpo
Sin palabras...sin palabras







El Instante de la rosa

Las vidas se cruzan. 
Estremecimiento de las aguas
Que traspasa las miradas
Tú no sabes por qué está aquí 
aunque lo hayas esperado toda la vida
Pero no te importa. Es aquí, 
Justo en el borde donde percibes el olor de su corazón inalcanzable
Esa rama humilde pero intensa que se despliega en la belleza 
Y su sombra en el medio de tu rostro
...Este es el instante de la Rosa.










La luz de la vela


El rostro abajado, los hombros suavemente incrustados en la penumbra. Ella me pregunta que es la diafanidad. Esa cualidad de algunos cuerpos para dejar pasar la luz. Más abrirse a la luz no es un oficio o una actitud. Porque como decía el poeta "vivir es iluminar". Ella en cambio se abre en la sombra para que yo la ame. Y hay algo que relumbra en ese momento infinito. No, no es la transparencia. Es el fulgor. Y el alma tiembla entonces como la luz de esa vela.





“Nos movemos al ritmo de las olas”



la oscilación, ese llegar y retirarse para luego volver, es (y ahora lo comprendo) el amoroso ritual que hace la ola para humedecer la orilla y mezclar la sal de todas las espumas. Hoy evoco a esa mujer-mar. Ella me pregunta  que es el mar y yo no puedo responderle… puede que el mar esté en esa lágrima sobrevenida desde lo más hondo, o como decía el poeta “una ola y otra ola y otra deshaciendo su cuerpo contra mi cuerpo. Entonces es el mar es una caricia, una luz mojada en la que despierta mi corazón reciente…”  Tal vez el mar sea ese beso de sal, o la brisa que nace de tu boca entre-abierta, para soplar su secreto justamente en el cabo donde duermen en la noche, todas mis barcas…también el mar puede ser este miedo a naufragar, a perderlo todo de nuevo el naufragio, esta parálisis. Pero sobre todo el mar es este viaje de regreso al origen, el retorno. No, el mar no es una nube, ni una lluvia, ni un río. El corazón del mar guarda un secreto antiguo e insondable como el de una mujer cuando cierra sus ojos y sonríe. El mar es esa mujer que uno ama en el umbral de la luz y de la sombra… mujer oceánica, sobre el pecho del atardecer, haciendo que el mar vuelva a ser gentil, íntimo y mío. Un sueño marino enredándose a mi vida como cabello entre mis dedos…el mar ese rumor que nos hace oscilar acompasadamente con las olas. El mar, es el amor murmurando su promesa




Una mujer desnuda...


Una mujer desnuda es como la noche… allí lo terrestre se vuelve astral, recobra su cualidad de universo. Así, cuando ella emerge de la noche, con su desnudez, esa luz solar que nos enceguece, se apaga y aparece ese otro brillo que pertenece a la sombra más reveladora, una verdad despojada y abierta que nos devuelve al paraíso. Una mujer desnuda no es como la flor, que se abre a la luz, pero solo vislumbra su promesa. Una mujer desnuda es como el interior de esa fruta madurada, en cuyo centro se produce la consumación final del ciclo luminoso, el misterio contenido de todas las dulzuras… cuando una mujer te dice al oído: voy a despojarme para ti, desnuda, todo lo visto con los ojos abiertos se revoca y entonces ella se convierte en tu destino irresistible, inevitable. Una mujer desnuda es también como la tierra soñada, esa tierra que parece inalcanzable e interminable, cuyos límites son sus extremos suaves de mujer de donde nunca, nunca quisieras salir. Una mujer desnuda es un paisaje único y plural, lo inefable al alcance de los labios y las manos, una mujer desnuda es un paisaje único, movible y oceánico… conchas marinas, palmeras oscilando con el viento, estrellas de mar que solo se pueden ver son los ojos cerrados, en esa oscura belleza que guarda la densidad de su cuerpo. Hoy, cierro mis ojos al mundo visto con los ojos a la luz, para evocar a esa mujer desnuda y sus paisaje nocturno, oceánico y movible…después de descubrir con asombro y delicia, dónde está, dónde queda en esos espacios amables de su cuerpo, la ventana para ver semejante paisaje…

















Edgar Vidaurre, Caracas-1953.


Pianista y escritor con estudios de filosofía y teología 

cristiana. 

Premio Internacional de literatura Rafael Pocaterra 1996, 

Menciones en la Bienal Augusto Padrón de Venezuela y 

Fernando Rielo de España 

en el renglón poesía. 

Director fundador del Fondo Editorial Diosa Blanca, 

editorial alternativa artesanal de 

poesía, esencialmente de voz femenina. 

Conferencista del Centro de Estudios Junguianos de 

Caracas. 

Actualmente presidente del Círculo de escritores de 

Venezuela.